Bugs Bunny Crazy Castle

A finales de los ochenta las series de dibujos animados estaban en un momento cumbre. Disney y Warner Bros. luchaban por hacerse con el control de mentes infantiles ante la ignorancia de la opinión pública. Pero alejándonos de teorías conspiranoicas, nadie podría imaginarse que en un momento así los personajes más emblemáticos de dichas empresas, como son Mickey Mouse y Bugs Bunny, fuesen a compartir escenario en un mismo videojuego… o bueno, no exactamente, pero algo así. Hoy os traemos la extraña historia de Crazy Castle.

Todo empezó en 1989 con la compañía japonesa Kemco, mejor conocida por la franquicia de Top Gear, y con una película de animación que muchos recordamos con nostalgia: “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”. Esta empresa de videojuegos se hizo con los derechos de la curiosa y en cierto punto perturbadora película de animación, con el objetivo de crear un juego de acción-puzzle para la Famicom, bajo el título de “Roger Rabbit”. Todo iba excelente y sin contratiempos hasta que decidieron llevar el título fuera de las fronteras niponas, ya que otra compañía, la nada más y nada menos que (ex)espectacular RARE, había lanzado ya un juego para la NES con los derechos de la película.

Ante este desafortunado viraje del destino, los de Kemco no se dieron mala vida, y ejemplificaron aquel dicho de “a falta de pan buenas son las tortas”, o quizás mejor “si cuela cuela y si no me la pela”. Así pues consiguieron en el mercado de dibujos animados un nuevo personaje que se asemejaba a Roger Rabbit lo suficiente como para no cambiar mucho el juego. Y así nació Bugs Bunny Crazy Castle, el primer título de una saga cuanto menos curiosa, que llegó a la NES y a la Game Boy y cuyos juegos son todos bastante parecidos… (shhh, son todos el mismo juego, pero no se lo digais a nadie).

El juego en sí era bastante sencillo, debías recorrer los diversos niveles recolectando zanahorias y evitando a los enemigos o acabando con ellos gracias a ciertos objetos que aparecían en el escenario. La dificultad aumentaba poco a poco, con cada vez más enemigos y puzzles más intrincados, pero siempre manteniendo el mismo sistema de juego.

Son juegos totalmente diferentes...

Pero la historia no termina aquí. En vísperas de una versión para la Game Boy, sucedieron más problemas. Los derechos de la película de Warner “caducaron” o algo así, y no encontraron mejor reemplazo que Disney, con su exasperante ratón parlanchín. Si Crazy Castle ya parecía entonces un mal chiste, los juegos que continuaron la saga subieron aún más el estandarte. Personajes como Garfield, el Pájaro Loco, los Cazafantasmas o Hugo (¿por qué? ¿por qué existes?) protagonizaron distintas versiones de la saga, de forma totalmente aleatoria, según quién concediera los derechos para cuál versión.

¿Parecidos? ¡Ninguno!

Sin embargo, cuando uno menciona Crazy Castle suele pensar en Bugs Bunny, en el gato Silvestre, en el bigotudo de las pistolas, y en uno de esos recurrentes videojuegos de infancia que te venían en el cartucho de “99 en 1” y que disfrutabas sólo por el hecho de que el conejo de la tele salía en él. Al final, Kemco no lo hizo tan mal.

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